Ante la doble realidad descrita anteriormente, creo que los inversores deberían apuntar a los valores sólidos de Estados Unidos y a alternativas internacionales. Defiendo esta opinión pese a los últimos acontecimientos en Oriente Próximo, con una considerable trascendencia geopolítica, pero que, a mi parecer, tendrán una incidencia pasajera en los mercados. Aprovechar las oportunidades tanto de los activos estadounidenses como de los del resto del mundo está en sintonía con el discurso que el primer ministro de Canadá, Mark Carney, dio en la cumbre de Davos a principios de año, instando a todos los países a «protegerse». Si bien obviamente se refería a los vínculos militares y económicos, la «protección» puede adoptar muchas formas. Para mí, también es un llamamiento a los inversores, que podría beneficiarles a la hora de apuntalar sus carteras en aquellas áreas en las que se aprecia con más claridad el retroceso del excepcionalismo estadounidense.
Entre las señales del declive del excepcionalismo estadounidense, cabe citar las recientes alzas del oro, las dudas sobre la independencia de la Reserva Federal, los desafíos a la soberanía (por ejemplo, en Groenlandia), la debilidad del dólar y la intervención de la Administración en el sector privado. Al mismo tiempo, los Estados Unidos siguen siendo un motor del crecimiento global y un líder en innovación tecnológica, por lo que alejarse demasiado del país puede ser imprudente. A mi modo de ver, estas dos realidades señalan, en definitiva, que los inversores en multiactivos harían bien en no poner todos los huevos en la misma cesta —estadounidense—.
Implicaciones para la inversión
Partiendo de la base de que el excepcionalismo estadounidense sigue vigente, los inversores podrían tener en cuenta la renta variable de este país, las acciones tecnológicas y la renta variable mundial a largo plazo. A corto plazo, una opción prudente sería rotar hacia los títulos «value» estadounidenses, las acciones de pequeña capitalización y los beneficiarios indirectos de la inteligencia artificial (IA), como los promotores de centros de datos, las empresas de metales y mineras, las de servicios públicos, las de servicios sanitarios y hospitales, y las gestoras de activos y compañías de software con bajos riesgos de desintermediación y cotizaciones deprimidas.
Respecto a la otra realidad concurrente, la disminución del excepcionalismo estadounidense, los inversores podrían incluir en sus asignaciones de multiactivos la renta variable no estadounidense —incluida la de mercados emergentes—, la renta fija internacional, las materias primas o el oro, así como los segmentos «value» y de «calidad» de Estados Unidos.
En cualquiera de los dos escenarios, también podrían aprovechar las posibles oportunidades de los hedge funds multisectoriales, que no suelen estar correlacionados con la renta variable tradicional y el mercado de deuda, así como la renta fija dinámica y el crédito. Ante las oportunidades potencialmente atractivas en tantas áreas de este complejo y contradictorio mercado, adoptar una estrategia activa puede resultar útil, pues los gestores tratan de detectar las inversiones capaces de resistir mejor estas dinámicas.