De hecho, la productividad —producción por hora de trabajo— suele guardar una correlación negativa con la rentabilidad y el desempeño bursátil. La competencia en el ámbito del petróleo y el gas propició la revolución del esquisto, que elevó espectacularmente la producción, pero la rentabilidad de las acciones no estuvo a la altura. La competencia entre las «telecos» sirvió para construir una sólida red 5G, pero a costa de los márgenes de las empresas.
Sin embargo, la productividad es la clave del crecimiento de los salarios reales a largo plazo. Cuando aumenta la producción por empleado, las empresas pueden permitirse aumentar las nóminas. Por desgracia, el incremento de la productividad desde 2010 ha sido alrededor de una tercera parte menor que el de las tres décadas anteriores. El crecimiento más lento de la productividad significa, en última instancia, una mejora más lenta del nivel de vida y se explica en parte por la intensificación de la concentración.
La IA podría cambiar esa tendencia. Se trata de una tecnología que reduce las barreras de entrada en un amplio conjunto de sectores. Limita las ventajas de escala en el trabajo del conocimiento y permite a las empresas más pequeñas competir con mayor eficacia. Por su parte, los llamados «hiperescaladores» están rompiendo el marco de sus oligopolios tradicionales en motores de búsqueda, redes sociales y computación en la nube para inyectar capital en centros de datos y competir intensamente para liderar el desarrollo de modelos.
Las inversiones de capital son la base del crecimiento de la productividad. Según una estimación, los hiperescaladores podrían destinar a inversiones de capital cerca del 2,1% del PIB en 2026, un ritmo que recuerda al auge del ferrocarril a mediados del siglo XIX. La comparación con el ferrocarril es útil, pues transformó el comercio entre estados e impulsó la expansión económica de los Estados Unidos. Pero también protagonizó ciclos de expansión y recesión, exceso de capacidad y volatilidad intensa. A los capitalistas les encanta el crecimiento, pero no tanto la competencia. Los directivos de las compañías de ferrocarril ejercieron presión para conseguir licencias exclusivas, exenciones fiscales y concesiones de tierras, y formaron consorcios para repartirse el tráfico y fijar tarifas.
Es de esperar una dinámica similar en la actualidad. Los ejecutivos del sector tecnológico ya han planteado la idea de que las administraciones contribuyan contribuyan a financiar las infraestructuras de IA.. Aunque algunos se han retractado de las peticiones explícitas de rescate, es probable que argumentos de este tipo vuelvan a surgir si las condiciones de financiación se endurecen o desaparecen los estímulos fiscales. También cabe esperar un incremento de las fusiones, pues los operadores tradicionales tratan de neutralizar a los competidores emergentes.
La productividad puede aumentar de dos maneras: o produciendo más con la misma plantilla o produciendo lo mismo con menos trabajadores. Sus consecuencias económicas difieren radicalmente. Mientras que la primera favorece el aumento de los salarios, un mayor crecimiento y una mayor prosperidad, con la segunda se corre el riesgo de que aumente la desigualdad y se deterioren los salarios reales.
Que la IA se convierta en una fuerza de prosperidad generalizada o de mayor concentración dependerá en gran medida de si los responsables políticos son capaces de preservar la competencia. Fomentar la entrada de nuevos participantes, resistirse a los rescates y oponerse a la consolidación excesiva puede comprimir los márgenes y los múltiplos de las acciones, y así revertir una tendencia de varias décadas. Pero también podría restaurar el dinamismo, elevar la productividad, hacer subir los salarios reales y fortalecer el crecimiento económico a largo plazo. Tal vez los inversores recelen de la competencia, pero la economía la necesita.