1. Los consumidores acomodados se afianzan como un motor económico cada vez más importante
A lo largo de la historia, el gasto de los consumidores ha impulsado la economía y hoy representa cerca de dos tercios del PIB. Los hogares con mayores ingresos han generado tradicionalmente en torno al 35% de dicho gasto; sin embargo, esa cifra no refleja del todo la realidad, ya que ignora el creciente peso de la riqueza financiera: el 20% de los hogares posee el 87% de las acciones estadounidenses, por lo que un repunte de los mercados puede aumentar su capacidad de gasto1. Al tener en cuenta este «efecto riqueza», calculo que ese 20% de hogares acapara actualmente cerca del 50% del consumo total.
Este resultado indica que el consumo podría ser más sólido de lo que anticipan los modelos basados en los ingresos. Asimismo, consolida el concepto de una «economía en forma de K»: los consumidores acomodados mantienen su nivel de gasto en experiencias y servicios, mientras que los hogares de menores ingresos continúan expuestos a los problemas relacionados con la asequibilidad.
Implicaciones para la inversión: Entre los posibles sectores beneficiados por un efecto riqueza duradero figuran los servicios financieros (como las gestoras de patrimonio), los viajes y el ocio, y determinados segmentos de la atención sanitaria.
2. Los hogares acomodados de mayor edad transforman el consumo y la vivienda
EE. UU. atraviesa una transición demográfica histórica: entre 2024 y 2027, cerca de 10.000 «baby boomers» cumplirán 65 años cada día. La oleada de estadounidenses que alcanza la edad de jubilación traslada la fuente del gasto desde los salarios hacia los activos acumulados y las prestaciones públicas. Y este patrimonio es considerable: los «baby boomers» controlan cerca de la mitad del patrimonio neto de los hogares en EE. UU. (gráfico 1).
Entre sus activos destaca un importante valor inmobiliario, y muchos propietarios de edad avanzada tienen fuertes incentivos para permanecer en sus viviendas. Vender puede suponer aflorar plusvalías sujetas a impuestos y adquirir otra propiedad cara, mientras que quedarse en la vivienda actual permite conservar la flexibilidad y las ventajas de la planificación sucesoria. El resultado es un mercado residencial condicionado no solo por los tipos hipotecarios, sino también por factores demográficos y consideraciones fiscales.