La década posterior a la crisis financiera global de 2008 estuvo marcada por una relativa calma en la economía y los mercados. Hoy está claro que esa etapa ha quedado atrás. Las decisiones de política económica adoptadas en los últimos años —y sus efectos— han sentado las bases de un entorno potencialmente más inestable. Además, como hemos comprobado este mismo mes en Oriente Medio, el aumento de las tensiones geopolíticas está intensificando esa inestabilidad.
En mi opinión, estos cambios apuntan a un futuro en el que las reglas tradicionales de diversificación no siempre serán aplicables. Por ello, los inversores deberían prepararse y ampliar su enfoque para construir carteras más resilientes.
Qué ha cambiado y por qué es relevante
En los últimos años se ha producido un giro en la tendencia de globalización que dominó el siglo XX. Las barreras comerciales han aumentado y las cadenas de suministro se han fragmentado. Esto, a su vez, ha generado una mayor divergencia tanto en las medidas adoptadas por los distintos países —por ejemplo, una menor sincronización de las políticas de tipos de interés y distintos niveles de estímulo fiscal— como en sus resultados económicos.
Como ha señalado nuestro equipo macroeconómico, todo ello podría traducirse en una menor estabilidad del ciclo económico. Desde mediados de la década de 1990, la economía global ha disfrutado en gran medida de un entorno «Goldilocks», caracterizado por crecimiento positivo y baja inflación. De cara al futuro, sin embargo, es posible que la actividad económica pase con mayor rapidez de una fase a otra del ciclo, alternando periodos de crecimiento más inflacionista con fases de recesión.
La inflación es un factor decisivo. Tradicionalmente, los inversores se han apoyado en la correlación negativa entre renta variable y renta fija para diversificar sus carteras (cuando cae la renta variable, los bonos solían amortiguar el impacto). Sin embargo, un entorno inflacionista puede favorecer correlaciones positivas entre acciones y bonos, ya que tiende a elevar los tipos de interés y a depreciar los precios de los bonos, mientras reduce las valoraciones bursátiles y comprime los márgenes.
Esto no significa que la renta fija vaya a dejar de ofrecer protección en caso de fuertes pérdidas en renta variable. Sin embargo, la posibilidad de que lo haga con menor regularidad es razón suficiente para revisar las asignaciones actuales de las carteras y explorar nuevas fuentes de diversificación.
Por dónde empezar la búsqueda
Creo que los inversores que deseen construir carteras más resilientes deberían considerar cuatro opciones:
1. Hedge funds
La rentabilidad de algunas categorías de hedge funds puede estar descorrelacionada de la de los activos tradicionales, ya que estos vehículos dependen más del riesgo activo que del riesgo de mercado. Gracias a su perfil de inversión versátil, pueden constituir un complemento atractivo dentro de una cartera típica de acciones y bonos. Por ejemplo, los fondos multiestrategia suelen mantener poca o ninguna exposición direccional a la renta variable, lo que ayuda a protegerlos frente a fuertes caídas bursátiles. Estos fondos combinan diversas estrategias de hedge funds, como macro, renta variable long/short y crédito long/short, con el objetivo de lograr un perfil de riesgo y rentabilidad más estable. Pueden incluir una amplia gama de gestores independientes y especializados en la toma de riesgos; invertir en diversas clases de activos; y combinar procesos de inversión sistemáticos y fundamentales. Al integrar diferentes enfoques y gestionar de forma rigurosa el riesgo agregado, los fondos multiestrategia ofrecen un notable potencial de diversificación a nivel de cartera.
Ante la probabilidad de una mayor volatilidad económica y financiera en el contexto actual, los inversores también podrían complementar su exposición tradicional a la renta variable con hedge funds de renta variable long/short. Aunque estas estrategias mantienen exposición direccional a la renta variable, por lo general es mucho menor que en una inversión tradicional long-only. Además, esta exposición suele gestionarse de forma dinámica, lo que permite al gestor reducirla para proteger el capital en caso de fuertes pérdidas.
Mi equipo y yo analizamos estas ideas con mayor detalle en nuestro artículo «¿Son los hedge funds el ingrediente que falta?».
2. Activos de cobertura frente a la inflación
Hace unos años, cuando comenzaba a perfilarse el nuevo entorno económico descrito anteriormente, la inflación repuntó tras un largo periodo de estabilidad, sorprendiendo a muchos inversores. Aunque los bancos centrales han logrado contenerla en cierta medida, la batalla contra la inflación no ha hecho más que empezar. Factores como la escasez de mano de obra, los crecientes déficits públicos y la falta de inversión en materias primas siguen presionando al alza los precios.
Dado lo difícil que es prever la inflación —especialmente en un contexto de condiciones económicas y geopolíticas tan inestables—, es un buen momento para plantearse añadir a las carteras activos diversificadores más sensibles a los cambios o repuntes inflacionistas. Entre las clases de activos que suelen incluirse en estrategias de «activos reales» o de cobertura frente a la inflación figuran las materias primas, la renta variable de recursos naturales, los bonos indexados a la inflación, el sector inmobiliario y las infraestructuras. Históricamente, muchas de ellas han registrado rentabilidades positivas en periodos en los que acciones y bonos han caído de forma simultánea, por ejemplo, durante repuntes inflacionistas.
3. Renta variable defensiva
Las estrategias de renta variable defensiva, que invierten en empresas con beneficios y dividendos relativamente consistentes, pueden aportar mayor estabilidad a una cartera. A menudo presentan una beta (sensibilidad al mercado) más baja y ayudan a limitar la exposición a las caídas del mercado, aunque tienden a quedarse algo rezagadas en fases de fuertes subidas. Cabe destacar que, aunque los mercados tienden a subir con más frecuencia de lo que bajan, muchas estrategias defensivas han aportado valor a lo largo de un ciclo completo, por lo que la capacidad de «limitar las caídas» durante las correcciones puede resultar especialmente significativa.
Recientemente, los valores defensivos han perdido atractivo tras registrar un desempeño inferior al del mercado, centrado en el crecimiento y, especialmente, en el sector tecnológico. No obstante, incluso si la tecnología mantiene su liderazgo durante algún tiempo, la renta variable defensiva sigue siendo relevante en la cartera y podría superar al mercado a largo plazo. Tras sus recientes dificultades, representa un punto de entrada atractivo para los inversores.
Nuestro estratega de renta variable, Andy Heiskell, señala que la creciente concentración del mercado hace que los inversores en fondos amplios indexados —como los del MSCI All Country World Index— tengan en realidad una exposición significativa a acciones estadounidenses y empresas tecnológicas de megacapitalización líderes del mercado. Por ello, otra forma de diversificar sería aumentar la exposición a la renta variable no estadounidense, incluyendo los mercados emergentes, aunque, como ya he comentado en otra ocasión, conviene dimensionar cuidadosamente esta exposición en caso de que el ciclo tecnológico actual se prolongue.
4. Renta fija dinámica
Aunque en determinados momentos la renta fija pueda no actuar como contrapeso frente al riesgo de la renta variable, sigue desempeñando un papel clave en las carteras. En el entorno actual, con diferenciales relativamente ajustados y tipos de interés bajos, los inversores deberían explorar oportunidades que aporten mayor dinamismo a su exposición en renta fija. Entre ellas se incluyen estrategias de rentabilidad total; estrategias multisectoriales que buscan añadir valor mediante selección o rotación de sectores; estrategias oportunistas centradas en sectores con un mal desempeño pero con potencial de recuperación; y hedge funds de renta fija.