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Perspectivas de inversión

Por qué la regulación de la IA es importante para los inversores

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2027-10-31
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Aspectos destacados:

  • Perspectivas de una regulación desigual y volatilidad política. Las iniciativas estatales podrían servir de precedente para la futura normativa federal en EE. UU., mientras que las divergencias internacionales plantean distintos riesgos y oportunidades en materia de cumplimiento normativo.
  • La regulación como factor de refuerzo de las ventajas competitivas. El aumento de los costes asociados a las pruebas, la transparencia, la seguridad y la gobernanza tiende a favorecer a las empresas con mayor solvencia financiera y capacidad para gestionar el cumplimiento normativo a mayor escala.
  • Ampliar el análisis más allá de los desarrolladores de modelos. La necesidad cada vez mayor de garantizar un despliegue seguro y fiable de la IA favorece a los proveedores de infraestructura y de servicios de ciberseguridad, verificación, auditoría, gobernanza de datos y seguridad.

Salvo ciertas excepciones notables, los responsables políticos se han mostrado reacios o demasiado lentos a la hora de regular la inteligencia artificial. Sin embargo, los reiterados incidentes relacionados con la seguridad de la IA podrían cambiar rápidamente el panorama actual. La creciente preocupación social está presionando a los gobiernos para que refuercen con urgencia el marco normativo de la IA y no dependan exclusivamente de la autorregulación del sector. Y los gobiernos parecen prestar atención. En el Congreso de EE. UU., por ejemplo, se han presentado diversos proyectos de ley que contemplan desde la obligatoriedad de someter los modelos a pruebas y auditorías gubernamentales hasta la imposición de sanciones severas a los sistemas que superen las capacidades humanas. Asimismo, la Casa Blanca ha constituido un grupo de trabajo dedicado a analizar los riesgos asociados a la IA y determinar qué papel debe desempeñar el Gobierno federal en su gestión.

La regulación de la IA es crucial para la sociedad por la enorme magnitud de las oportunidades que ofrece y los riesgos que plantea. Para los inversores, su importancia radica en su capacidad para alterar la estructura de costes y aumentar la complejidad operativa de las empresas. A su vez, genera oportunidades para las empresas que refuerzan sus ventajas competitivas al anticiparse a los requisitos normativos y demostrar su fiabilidad ante clientes y organismos reguladores. Los expertos de Wellington siguen de cerca la evolución del marco regulatorio de la IA. A continuación, exponemos varias perspectivas relevantes para los inversores.

En un momento en el que Estados Unidos concentra el debate sobre la regulación de la IA, conviene recordar que ya existen marcos normativos y estándares internacionales de seguridad que abordan la mayoría de las cuestiones prácticas asociadas a esta tecnología. Es probable que estos instrumentos sirvan de base para futuras iniciativas legislativas. Entre ellos se incluyen:

  • la colaboración actual entre el sector de la IA y los organismos del Gobierno de EE. UU. en materia de normas de seguridad y revisión de modelos, como el Instituto Nacional de Normas y Tecnología (NIST) y su Centro para el Fomento de la Innovación y las Normas para la Superinteligencia (CAISSI);
  • la Ley de IA de la UE; y
  • diversas normativas de seguridad de países asiáticos.

La red global de colaboración en materia de seguridad de la IA podría facilitar la futura armonización internacional de las normas en este ámbito. Esta red engloba:

  • Organismos internacionales de normalización: la Organización Internacional de Normalización (ISO), la Comisión Electrotécnica Internacional (IEC) y el Instituto de Ingenieros Eléctricos y Electrónicos (IEEE).
  • Asociaciones sectoriales centradas en la seguridad: AI Alliance en EE. UU., Apply AI Alliance y UK AI Association en Europa, junto con Artificial Intelligence Industry Alliance en China.
  • Muchas de estas organizaciones están conectadas a través de la Red Internacional de Institutos de Seguridad de la IA, creada durante la Cumbre de IA de Seúl en 2024.

El propio sector de la IA desempeña un papel clave en la definición y aplicación de marcos y prácticas de seguridad que sirven de base para elaborar la normativa y los estándares técnicos. Aunque la autorregulación no parece suficiente, los actores del sector de la IA han procurado demostrar su compromiso con la seguridad, conscientes de que cualquier incidente en este ámbito podría comprometer su capacidad para seguir desarrollando esta tecnología. Asimismo, han solicitado marcos normativos más concretos y una mayor cooperación internacional para garantizar que todos los actores aborden los riesgos de la IA para la seguridad, tanto prácticos como existenciales, a medida que evoluciona este campo.

Aunque considero que los riesgos existenciales asociados a la seguridad de la IA son en gran medida teóricos, vuelven a cobrar protagonismo cada vez que la industria da un salto cualitativo. Los avances en IA hacen cada vez más necesario abordar cuestiones como su uso con fines bélicos, la destrucción de puestos de trabajo, el dominio autoritario y la pérdida de control sobre los sistemas más sofisticados. Para ello, se requiere un nivel de control que ningún país puede garantizar por sí solo. Los principales gobiernos se enfrentan a un momento decisivo en lo que respecta a su disposición a cooperar en estas cuestiones, pero las perspectivas a corto plazo son inciertas. La cooperación internacional en este ámbito resulta tan necesaria como viable. Existen precedentes claros en forma de tratados sobre armas nucleares, telecomunicaciones y espacio exterior, que tanto los gobiernos como la industria de la IA han citado como modelos para un acuerdo internacional sobre esta tecnología. Pese a los avances irregulares, este es, en última instancia, el camino para controlar los riesgos existenciales.

No me sorprendería que la gran preocupación social por los riesgos prácticos y existenciales de la IA llevara a EE. UU. a aprobar nuevas normas en 2027 o 2028 con el apoyo de ambos partidos. Espero que la nueva legislación no solo dé continuidad a las iniciativas de autorregulación promovidas por el sector, a las recomendaciones de los institutos de seguridad de la IA y a las medidas que los organismos públicos ya aplican en colaboración con la industria, sino que también aborde los riesgos existenciales que la mayoría de los grupos implicados considera necesario afrontar.

Esto no significa que todas las cuestiones prácticas de seguridad de la IA estén resueltas. Ni mucho menos. Más allá de cómo evolucionen la regulación estadounidense y la cooperación internacional, conviene que los inversores sigan de cerca los avances de otros sectores en el establecimiento de sus propios controles de seguridad para el despliegue de la IA, pues es en este proceso donde surgen muchas cuestiones prácticas y la respuesta normativa aún está poco desarrollada. La preocupación de la población por los centros de datos es otro aspecto que merece atención, especialmente en EE. UU., donde es probable que el debate sobre la seguridad de la IA y sus efectos en las comunidades locales persista más allá de las elecciones legislativas de mitad de mandato. Creo que hay vías para resolver ambas cuestiones, pero llegar a la solución deseada no será fácil. Por tanto, los inversores deberán seguir de cerca su evolución, así como los avances en materia de regulación y cooperación internacional.

En conjunto, destacaría que la industria de la IA se encuentra aún en una fase incipiente. Cabe esperar nuevos progresos en el desarrollo de la IA y más vaivenes en la regulación, la adopción de esta tecnología y la expansión de los centros de datos cada vez que se produzca un nuevo salto tecnológico. Mientras exista un camino claro para resolver las cuestiones relacionadas con la seguridad de la IA, y los responsables políticos y el sector sean capaces de seguir el ritmo de las innovaciones, estas etapas de progreso tecnológico y mayor escrutinio pueden ofrecer oportunidades a los inversores activos en esta temática.

En Estados Unidos y otras economías desarrolladas, la ciudadanía —y, por ende, el electorado— muestra una preocupación cada vez mayor por los efectos de la IA en su entorno inmediato. Entre los motivos de alarma figuran la construcción de centros de datos, el precio de la electricidad, la protección de los menores y la seguridad nacional, así como el impacto de la IA en el conjunto de la economía a medida que se generaliza su uso.

Dada la expansión prevista de la IA, la regulación resulta casi inevitable. La cuestión es cuándo llegará, qué alcance tendrá y qué forma adoptará. La aprobación de leyes exige tiempo; aun cuando la intervención resulte necesaria, la respuesta no siempre llega de inmediato. Existe un riesgo considerable de que, como ha ocurrido con otras innovaciones tecnológicas, haga falta un accidente u otro incidente grave para que se adopten medidas.

Esta dinámica se refleja especialmente en la política estadounidense actual. El Partido Republicano ha optado por destacar las ventajas de la IA para el crecimiento económico. En concreto, el presidente ha respaldado esta postura al defender la estrategia actual ante la competencia con China. Por su parte, el Partido Demócrata ha expresado una mayor preocupación por los riesgos que plantea esta tecnología.

Con el presidente Trump al frente del Gobierno, la prioridad ha sido mantener el liderazgo de EE. UU. en el ámbito de la IA con un enfoque regulatorio menos estricto. Sin embargo, cabe esperar que muchos candidatos aboguen por la regulación de la IA en sus programas de cara a las elecciones presidenciales de 2028. Tras los comicios, incluso es posible que se alcance un acuerdo bipartidista para regular la IA.

Mientras tanto, sigo de cerca la actividad legislativa en los distintos estados de EE. UU., ya que suelen servir de banco de pruebas para la legislación federal: permiten ensayar políticas a menor escala que, con el tiempo, pueden sentar las bases de un marco normativo nacional.

Tengo claro que el ritmo de cambio de la IA supera con creces la capacidad de respuesta de los gobiernos, tanto por la vía legislativa como a través de un marco regulatorio más amplio.

La mayoría de los responsables políticos reconoce la importancia estratégica de la IA. La mayoría de los gobiernos es consciente de que la IA se perfila como una fuente de poder económico y geopolítico. Sin embargo, admitir su relevancia es la parte fácil; las complicaciones surgen en la fase de ejecución.

¿Pueden los gobiernos crear sistemas de supervisión eficaces? ¿Pueden las instituciones establecer marcos fiables para el despligue de la IA? ¿Pueden las empresas absorber los cambios disruptivos y adaptarse con la suficiente rapidez? ¿Puede la gobernanza seguir el ritmo del desarrollo de las capacidades de la IA?

Durante la mayor parte de la última década, la principal cuestión en el ámbito de la inversión en IA giraba en torno a las capacidades: ¿Qué modelo es el más potente? ¿Quién dispone de mayor capacidad de cálculo? ¿Quién lidera la carrera de las pruebas de rendimiento?

Estas preguntas aún son importantes, aunque han perdido parte de su relevancia.

Los nuevos desafíos son de otra naturaleza: ¿Quién puede verificar sistemas cada vez más potentes? ¿Quién puede auditarlos? ¿Quién controla el acceso? ¿Quién establece las normas? ¿Quién supervisa el despliegue? ¿Quién puede integrar estos sistemas de forma segura en las administraciones públicas, las empresas, las fuerzas armadas y los mercados financieros?

La IA ya no es solo una carrera tecnológica entre compañías, también se ha convertido en una competición estratégica entre Estados. A Estados Unidos le preocupa que una ralentización de la innovación lo deje en una posición vulnerable frente a los avances de China. Por su parte, Pekín afronta el reto de mantener el liderazgo tecnológico sin comprometer el control político ni la estabilidad social. Ambas potencias consideran la IA una infraestructura crítica. Esta situación plantea un dilema ineludible: avanzar demasiado despacio entraña costes estratégicos, pero hacerlo demasiado rápido genera riesgos de gobernanza de igual magnitud.

El argumento tradicional a favor de la seguridad de la IA defiende una ralentización de su desarrollo ante el aumento de los riesgos. En cambio, desde la perspectiva de la seguridad nacional, frenar no es una opción, ya que los competidores estratégicos no lo harán.

Ambos planteamientos pueden ser válidos al mismo tiempo. Precisamente por eso, la IA se asemeja más a una infraestructura estratégica que a una tecnología comercial.

Para los inversores, esta realidad indica que la próxima fase de la IA podría ser muy distinta de la primera. Si la etapa inicial fue una carrera por desarrollar la inteligencia, la siguiente será probablemente una carrera por gobernarla. Si esta tesis es correcta, las oportunidades de inversión más relevantes no se limitan a las empresas que desarrollan IA de vanguardia, sino que abarcan también a las encargadas de crear los sistemas necesarios para generar confianza en esta tecnología y facilitar su despliegue, protección, expansión, adaptación y mantenimiento.

Los puntos de vista expresados en el presente documento son los de sus autores en el momento de su redacción. Otros equipos pueden tener diferentes puntos de vista y tomar diferentes decisiones de inversión. El valor de su inversión puede pasar a ser mayor o menor con respecto al momento de la inversión original. Aunque los datos externos utilizados se consideran fiables, no se garantiza su exactitud. Destinado exclusivamente a inversores profesionales, institucionales o acreditados.

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