Los mercados, en un punto de inflexión
Tras un período de fuerte rentabilidad por la inteligencia artificial (IA) a principios de 2026, el conflicto en Oriente Medio provocó un alza abrupta y sincronizada de las tires. Una reacción que es fruto de la combinación de incertidumbre geopolítica, encarecimiento de la energía y, cada vez más, una renovada preocupación de los inversores por la persistencia de la inflación. Incluso contemplando una posible reducción de los riesgos geopolíticos, el shock exógeno derivado de la guerra entre EE. UU. e Irán tendrá implicaciones a largo plazo. En un entorno en el que los precios de las materias primas seguirán determinando la evolución de los rendimientos, los inversores se enfrentan a un punto de inflexión de cara a la segunda mitad de 2026: prepararse para un frenazo del crecimiento o protegerse frente a una inflación elevada.
Tras el repunte de los tipos, aumentar la exposición a duración puede parecer interesante, en la medida que los rendimientos de los bonos con vencimientos largos (en particular, en mercados como el británico) presentan puntos de entrada atractivos. Ya hemos señalado la ventaja que suponen los elevados puntos de partida de los rendimientos para la rentabilidad total a través del componente de cupones, pues proporcionan protección frente a subidas adicionales de las tires en caso de que los bancos centrales valoren endurecer su política monetaria. Por el contrario, si las tensiones geopolíticas se relajan y se abarata el petróleo o si la atención del mercado se desplaza hacia las consecuencias negativas que la crisis del suministro energético tiene sobre el crecimiento, cabe la posibilidad de que los rendimientos bajen. Este cambio aportaría rentabilidad por precio adicional en un momento en el que es probable que los activos de riesgo afronten un entorno más exigente.
Nuestra hipótesis es que los precios del petróleo seguirán en niveles estructurales más altos que antes del conflicto, incluso aunque se relajen las tensiones, ya que las cadenas de suministro internacionales deberán adaptarse a un entorno comercial más fragmentado. Además, antes de la crisis actual, la inflación llevaba cinco años superando sus niveles objetivo y las crecientes dudas sobre la deuda pública ya han provocado un aumento estructural de las primas por plazo que ha elevado los rendimientos en los últimos años.
Esta crisis no contribuirá a mantener este frágil equilibrio, y ello enfrentará a los responsables políticos con un desafío sumamente complejo: las políticas monetarias y fiscales tendrán que ocuparse de tendencias en el crecimiento y la inflación potencialmente contradictorias y, a la vez, frenar el mayor deterioro de las finanzas públicas. La forma en que los principales bancos centrales aborden este dilema probablemente determine la dirección de los rendimientos y en qué punto nos situaremos entre los dos escenarios expuestos.
En este contexto, recomendamos adoptar una estrategia más prudente y flexible a la hora de elevar el riesgo de duración.