Sin embargo, más importante que la rentabilidad en términos nominales fue el cambio en el sentimiento del mercado. Los inversores se están alejando de la narrativa habitual de que «Europa no puede crecer» y se muestran cada vez más dispuestos a respaldar un ciclo sustentado por las políticas públicas, la inversión y factores internos favorables.
Los argumentos en contra de la tesis de inversión en Europa son bien conocidos: envejecimiento demográfico, crecimiento crónicamente bajo, supuesto retraso tecnológico frente a EE. UU. y presión competitiva de China en sectores como la automoción y la fabricación. Si bien estos desafíos no han desaparecido, en nuestra opinión Europa no necesita «superar a EE. UU. en el ámbito de las grandes tecnológicas» para obtener una sólida rentabilidad en renta variable. Incluso pequeñas mejoras podrían ser suficientes para que Europa obtenga buenos resultados en 2026. No obstante, esto no implica que los beneficios se distribuyan de forma uniforme. De hecho, prevemos una creciente dispersión entre ganadores y perdedores relativos a medida que avance la transformación estructural de Europa, lo que creará un amplio potencial para que los inversores activos generen valor mediante una exposición selectiva.
La oportunidad es especialmente amplia por varios motivos:
- el abanico de sectores atractivos, como el industrial, los servicios financieros, la atención sanitaria, la tecnología especializada, los materiales de construcción y la defensa;
- el elevado número de empresas europeas que generan ingresos a escala global, pero cotizan con valoraciones propias del mercado europeo;
- el descuento significativo de la renta variable europea frente a la estadounidense y en comparación con su propia media histórica. En el momento de redactar este artículo, la relación precio-beneficio (PER) del MSCI Europe se sitúa en 17,2 veces, frente a 27,8 veces en el caso del MSCI USA.
Desde la óptica de una cartera global, creemos que la renta variable europea puede desempeñar un papel cada vez más relevante como fuente de diversificación frente a EE. UU. gracias a su perfil de rentabilidad diferenciado y a las divergencias en valoración. Por tanto, consideramos que maximizar ese potencial de rentabilidad y diversificación requiere abordar la renta variable europea como una asignación independiente.